Enzo Traverso, Rouge,
25/12/2003 [cf en
]
Alemania despliega un esfuerzo considerable para reivindicar,
conservar, a menudo "embalsamar" la memoria de hijos suyos que antes
había expulsado y perseguido, cuando no exterminado. Este año, acaba de
celebrar el centenario del nacimiento de Theodor W. Adorno (1903-1969), uno de
los más grandes filósofos del siglo XX. Como muchos intelectuales de izquierda
alemanes de su generación, además judío, tuvo que abandonar su país tras la
llegada de Hitler al poder, en 1933, y se refugió en los Estados Unidos.
Primero en Nueva York, luego en California, animó con Max Horkheimer el
Instituto de Investigaciones Sociales en el exilio, más conocido hoy bajo
el nombre de "Escuela de Francfort". Creada bajo la república de
Weimar, esta última se había convertido en uno de los principales focos del
marxismo crítico en el período de entreguerras, en la que colaboraban figuras
como Walter Benjamin, Erich Fromm y Herbert Marcuse. De forma bastante extraña,
en una época en la que el mundo intelectual estaba polarizado entre
comunismo y fascismo, el Instituto de Investigaciones sociales acompañaba su
gran originalidad intelectual de un rechazo intransigente a toda acción política.
Su ambición era elaborar una "teoría crítica" de la sociedad, en el
momento en que el capitalismo tomaba rasgos totalitarios. Sus investigadores
querían explorar los nuevos rostros de la dominación en la economía, la política,
la cultura, con estudios sobre las estructuras del poder nazi, la ideología del
fascismo, el antisemitismo, la autoridad y la familia, etc.
Sobre el nazismo como producto de nuestra civilización.
En colaboración con Horkheimer, Adorno había escrito durante la guerra La Dialéctica
de la Razón, una obra en la que interpretaban el nazismo como el resultado de
un largo recorrido del racionalismo occidental. Mientras que la cultura
antifascista quería defender la civilización, analizando e nazismo como la
recaida en una barbarie ancestral, Adorno veía Auschwitz -expresión emblemática
de la violencia nazi- como el producto de una dialéctica negativa de la propia
civilización, que había transformado la racionalidad emancipadora de las Luces
en una racionalidad puramente instrumental, puesta al servicio de las fuerzas
destructivas del fascismo, y el progreso industrial y técnico en regresión
social y humana. A la manera de W. Benjamin que, en la misma época, describía
el progreso como una tempestad que llevaba a la Historia hacia la catástrofe,
Adorno y Horkheimer dirigían sobre el mundo una mirada melancólica y
sombría, pero no compartían la esperanza de su amigo exiliado en París en un
acto redentor de los oprimidos. Parecían resignados a vivir en un mundo
administrado y "reificado", en el que no había alternativa a la
transformación de todas las relaciones humanas y sociales en relaciones
mercantiles, de la cultura en producto industrial de consumo. En los años
cincuenta, Adorno escribía que "el nazismo (vivía) todavía" y
subrayaba que la amenaza no era, a sus ojos, la de una vuelta del fascismo
contra la democracia, sino más bien la de una supervivencia del fascismo en la
democracia.
Si había estado aislado en su exilio americano, Adorno seguirá siendo un
outsider tras su vuelta a Alemania, en el apogeo de la guerra fría. Era mirado
con sospechas por la universidad de Francfort, que le había acogido para
consolidar sus lazos con el mundo académico estadounidense, pero que seguía
sin poder digerir su anticonformismo, su marxismo y sobre todo el hecho de que
hubiera sido un exiliado. Adorno reaccionó cultivando su aislamiento como un título
de nobleza. Estaba orgulloso de escribir en una lengua intraducible que algunos
críticos percibían como un "pathos metafísico de la oscuridad".
Acentuando los rasgos aristocráticos y elitistas de su pensamiento, el antiguo
exiliado se había convertido en un mandarín marxista. Musicólogo erudito, se
refugiaba en una defensa de la "Nueva Música" (Schönberg, Berg), que
oponía a la estética del neocapitalismo en la que incluía toda forma de
cultura popular. Desde 1936, había condenado el jazz como la expresión estética
de una "revuelta de la naturaleza" que desembocaba en el fascismo. El
surrealismo, a su vez, le parecía como una falsa vanguardia que, pretendiendo
poner las fuerzas oníricas al servicio de la revolución, fetichizaba los
objetos bordeando la pornografía. Juicios que se sitúan en las antípodas del
interés por las formas modernas de producción artística -técnicamente
reproducibles- cultivado por sus grandes amigos Walter Benjamin y Siegfried
Kracauer. Habría que buscar del lado de los críticos del "arte
degenerado", sus enemigos fascistas, para encontrar una condena tan radical
del arte moderno.
El padre espiritual de una generación.
Pero esta postura aristocrática no le impedirá dar voz, desde 1949, a la
conciencia crítica de la Alemania Federal (RFA). Fue uno de los primeros en
pensar la memoria de Auschwitz como un fundamento insoslayable de la identidad
alemana, incluso europea. El nazismo, escribía, "ha impuesto a los Hombres
un nuevo imperativo categórico: pensar y actuar de forma que Auschwitz no se
repita, que nada semejante ocurra". Su imperativo categórico tenía una
dimensión resueltamente universalista: que eso no se repita, añadía, incluso
bajo nuevas formas y contra nuevos objetivos. En 1990, en el momento de la
reunificación alemana, Günter Grass escribirá que este aforismo se había
grabado como una nueva "tabla de la ley" en la conciencia histórica
de toda una generación.
Una generación que había hecho de Adorno uno de los padres espirituales de su
revuelta, colocándole repentinamente ante sus propias contradicciones. Fue en
los años sesenta cuando los estudiante radicalizados y la nueva izquierda
alemana descubrieron el pensamiento de Adorno, se lo apropiaron con entusiasmo,
reeditaron sus escritos e hicieron de ellos uno de los soportes filosóficos de
su crítica práctica del capitalismo y de las tendencias autoritarias en el
seno de las instituciones de la RFA. No contentándose ya con una crítica
puramente contemplativa, rompían la prohibición de la acción que su maestro
de pensamiento había interiorizado desde siempre y reivindicado como un dogma
absoluto. La relación de Adorno con el movimiento estudiantil fue pues
extremadamente tensa y conflictiva. Jürgen Habermas, su asistente en aquella época,
calificó a los jóvenes rebeldes de "fascistas rojos". En 1968,
Adorno acabó por llamar a la policía a fin de evacuar el Instituto de
Investigaciones Sociales ocupado por los estudiantes. Marcuse, para quien este
movimiento daba finalmente una traducción práctica a las teorías de la
Escuela de Francfort, reprochó duramente esta decisión a su viejo amigo, acusándole
casi de traición en una correspondencia que fue interrumpida por la muerte de
Adorno y que permaneció desconocida mucho tiempo. 1968 había intentado
conciliar Adorno y Che Guevara, el teórico de la reificación y el guerrillero,
las armas de la crítica y la crítica de las armas. Una mezcla explosiva, para
la que el filósofo de Francfort había preparado la pólvora, pero cuya mecha
nunca se habría atrevido a encender..
Enzo Traverso
Rouge 2045 25/12/2003